Volví a bajar las escaleras sin agarrarme del barandal — la historia de Carmen

Por Carmen R. — Zaragoza

Hay un momento exacto en el que me di cuenta de que mis rodillas habían dejado de ser mías.

Fue un domingo de octubre, en la escalera del piso de mi hija. Tres pisos sin ascensor. Cuando llegamos arriba, mi nieta de seis años me miró y me dijo: "Abuela, ¿por qué haces esa cara?"

No supe qué contestarle.

Llevaba años haciendo "esa cara" sin darme cuenta. Al levantarme del sofá. Al agacharme a por la sartén del cajón de abajo. Al bajar del autobús. Esa mueca pequeña que hacemos las mujeres de mi edad y que nadie ve, porque hemos aprendido a disimularla.

Cuarenta años de pie detrás de un mostrador

Trabajé treinta y ocho años en una panadería. De pie desde las seis de la mañana. Losa fría en invierno, calor de horno en verano. Cuando me jubilé pensé: ahora sí, ahora toca disfrutar. Caminar por el parque, viajar con mi marido, perseguir nietos.

Nadie me avisó de que mis rodillas se jubilaban también. Y con peores condiciones.

Empecé a decir que no. No al paseo largo del sábado. No a la excursión con las amigas. No a arrodillarme a jugar en la alfombra con mi nieta — eso era lo que más me dolía, y no me dolía en la rodilla.

Lo que probé (y lo que me costó)

Cremas que olían a eucalipto y calentaban un rato. Rodilleras de farmacia que apretaban tanto que me dejaban marca. Hasta un fisioterapeuta buenísimo… a 45 euros la sesión, dos veces por semana. Echen la cuenta de lo que es eso con una pensión.

El fisio, que es un cielo, un día me dijo la frase que lo cambió todo:

"Carmen, lo que yo te hago aquí es calor y masaje. Constancia. Si pudieras darte esto en casa todos los días, otro gallo cantaría."

Calor y masaje. Constancia.

El aparatito que me regaló mi hija

Mi hija me escucha más de lo que yo creo. Esas navidades me regaló una caja con un lazo. Dentro venía una especie de rodillera acolchada, con un botón grande. "Es un masajeador de rodilla, mamá. Con calor. Como lo del fisio."

Les voy a ser sincera: lo dejé en el cajón dos semanas. A mi edad una ya no se fía de los aparatos.

Un martes de enero, con la rodilla especialmente pesada después de la compra, lo saqué. Me lo puse viendo el concurso de la tele. Botón grande, tres lucecitas, y de repente… ese calorcito. No un calor de manta eléctrica. Un calor que envuelve, con un ronroneo suave que se siente por dentro, como cuando el fisio aprieta con las palmas.

Quince minutos. Se apaga solo.

Esa noche bajé a tirar la basura y a mitad de escalera me di cuenta: no me había agarrado del barandal.

Tres meses después

No les voy a mentir: mis rodillas siguen teniendo 61 años. Esto no es magia ni medicina, y quien les prometa milagros les está engañando.

Pero mi ratito de calor y masaje de cada tarde se ha vuelto sagrado, como el café de después de comer. Y mi día a día es otro: el paseo del sábado volvió, la alfombra con mi nieta volvió, y "esa cara" se me está olvidando.

Mi marido, que se reía del aparatito, ahora me lo quita para ponérselo él. Tuvimos que pedir el segundo. (Pedimos el par directamente — resulta que salía mucho más a cuenta.)

Si te has visto reflejada

El que uso yo es el ThermoFlex™ de VitaliaCare, que lo vende con 90 días de prueba: si no te convence, lo devuelves y te dan tu dinero. Yo ya he regalado dos, a mi hermana y a mi vecina Loli.

No sé cuánto tiempo estará la oferta del par (es la que sale a cuenta), así que si tus rodillas también llevan años pidiéndote un descanso, échale un vistazo:

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Publirreportaje. Carmen es un personaje representativo basado en experiencias de clientas; los resultados describen sensaciones de confort y varían según la persona. Este producto es un aparato de masaje y bienestar, no un producto sanitario, y no sustituye consejo médico.